Vida y Muerte, Una Danza Continua

Vida y Muerte, Una Danza Continua

¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?

Posiblemente todos nos hemos hecho estas preguntas alguna vez. Es necesario profundizar, para tomar consciencia de ambos momentos, que son parte de un constante devenir que fluye y del cual, muchas veces no reflexionamos. ¿Para qué ahondar? 

 

¿Por qué pensar en nuestra propia muerte es aprender a vivir? 

A lo largo de mi trayectoria como médico y tanatóloga, me he dado cuenta de que las personas que han estado graves o las que están viviendo sus últimos días, reflexionan sobre el valor que tienen las personas que las rodean, la familia, los amigos; sus manifestaciones de cariño, su presencia, son muy valorados.

Se dan cuenta de que las dificultades -o altercados que han tenido con ellos- no tienen en realidad mucha importancia y con una orientación no impositiva, se despierta en ellos la necesidad de pedir perdón a las personas que han lastimado, de perdonar a los que los han herido, -comprendiendo que también ellos se equivocan, que también ellos tienen una historia que no ha sido fácil y muchas veces refieren que si se hubieran dado cuenta de esto, hubieran tenido mejores relaciones interpersonales. Sienten que ya es demasiado tarde para enmendar los errores.

Reflexionando en las experiencias de los moribundos, ¿Para qué esperar a estar en situaciones extremas?

Podríamos aprovechar lo vivido por otros, aprender de ellos y aventurarnos a pensar en la propia muerte ya que tal vez me ayuda a trabajar con más consciencia en armonizar mis relaciones, dialogar con los que me rodean, conocerlos, resolver conflictos.

Tal vez aprenderíamos a priorizar de mejor manera, “no dejar nada en el tintero”, no esperar momentos difíciles para corregir el rumbo, no dejar para después lo que realmente quiero: es decir, dejar lo superficial y enfocarnos en lo más esencial de nuestras vidas.

Si somos objetivos, nadie sabe cuándo vamos a morir y menos si somos jóvenes, o estamos sanos, ni siquiera lo pensamos. 

Sin embargo, sabemos que la muerte se presenta a cualquiera edad, niños pequeños, recién nacidos, personas jóvenes, o mayores; la muerte está en el futuro de cualquier ser humano. 

En realidad, la vida nos puede cambiar en un segundo -por ejemplo, una enfermedad grave inesperada, un accidente, una cirugía complicada-.  Sin embargo, si yo he pensado en la posibilidad de mi propia muerte, ésta puede ser una brújula poderosa para vivir mejor, antes de que se presenten situaciones repentinas. ¡Claro! Esto implica vivir mi vida más conscientemente, implica trabajar en ello. 

 

¿Por qué nos da miedo la muerte?

¿Será porque estoy apegada/o a lo que he logrado conseguir materialmente hablando? 

Hoy por hoy el apego sigue siendo una actitud que nos hace sufrir mucho: apego a cosas que he adquirido, al estatus académico, al estatus social; apego a lo que he hecho, a mis creencias, a mis ideas; en fin, apego a todo lo exterior, como si todo eso fuera yo. 

El yo está adentro de mí, profundo, y no tiene que ver con lo cambiante, superficial y todo ello solo me ata, me hace sufrir por mi confusión -creo ser mi carro nuevo y me relaciono con los demás a través de él, creo necesitar un celular de última generación para relacionarme con los otros, y así podemos nombrar muchos ejemplos.

Nos perdemos en el maremágnum de lo que está afuera de mí, sin hacer contacto con mi verdadero yo, el que no necesita que le digan qué necesita, el que se quiere liberar de las creencias de su educación familiar, cultural o circunstancial.

Entonces, como no me conozco realmente -quién soy yo (sin estar dentro de la masa), qué realmente quiero, por qué estoy aquí, a dónde voy- vivo en el exterior, ¿Acaso la muerte me confronta con todo eso que no soy y a lo cual me apego? ¿Qué pasa si me detengo de ese tsunami tan intenso que me lleva entre sí, ahogándome? ¿Qué pasaría si acepto la muerte, mi muerte, como algo inherente a mi vida?

 

La muerte como parte de la vida

¿Será que lo que me da miedo es lo desconocido? ¿Será que pensar en mi muerte es pensar en que ya no estaré en este mundo que es el que conozco? ¿Será que me he dejado influenciar por las películas sensacionalistas que veo y que me presentan a la muerte como algo catastrófico? ¿Será que lo que me da miedo es el dolor que pueda llegar a tener cuando muera? ¿En dónde encauzo mi atención? A donde enfoco mi atención es mi realidad. Aún si esta “realidad” no ha sucedido. Siendo sincera/o, pensar en la propia muerte generalmente se visualiza como un cataclismo.

Tal vez, el problema es la falta de aceptación de mi realidad. Cuando acepto lo que pasa y lo que me pasa, no me peleo con la vida. 

Cuando me doy cuenta de que gran parte de lo que me pasa es consecuencia de mis propias decisiones, de mi actitud, de mis creencias, de mi forma de ser, de cómo enfrento las situaciones; no puedo echarle la culpa a la “mala suerte”, me veo como la persona responsable de lo que me pasa.

 Entonces, ¿Puedo irme preparando para que piense de una manera más amistosa mi propia muerte, y por ende la de mis seres queridos?

Si la muerte es inherente a la vida, ¿Por qué no hacerla mi compañera en el día a día? 

Pensar en ella cuando tome una decisión importante, pensar en ella cuando me estoy relacionando con mis familiares, amigos, compañeros de trabajo. 

Pensar en mi propia muerte es darle importancia a lo que la tiene para mí, es tratar de vivir de una manera más congruente. Si… es un trabajo interior que he de hacerlo consciente, el mayor tiempo que pueda. 

También me puedo ayudar de una pregunta, que me confronta con lo que es importante para mí.

 

¿Cómo me gustaría que me recordaran, cuando ya haya muerto?

Hacerme esta pregunta me ayuda a ocuparme en mi propio actuar coherente. Su respuesta refleja lo más significativo para mí y por lo cual yo puedo trabajar durante toda mi vida, para ser consciente, en mi día a día.

 

¿Dónde queda la fe en esta realidad que a veces me agobia?

¿Qué es la fe verdadera? Tiene que ver en cómo me relaciono con la vida, con ese “algo” que me trasciende. ¿Acaso yo puedo controlar lo que pasa o algunas cosas de lo que me pasa? 

La vida no es “a la carta”, yo no elijo. Hay situaciones que son consecuencia de mis acciones, si, y he de enfrentarlas responsablemente; sin embargo, hay otras que suceden -me gusten o no me gusten- y todas…sí, todas me pueden dar una enseñanza y yo tengo la posibilidad de aprender de ellas; sobre todo, de las que me producen dolor, porque me enseñan algo de mí, como actué ante tal o cual circunstancia y por qué lo viví así.

En el momento que me pasan las situaciones de aflicción, puedo dolerme y está bien, y es sano abrazar el dolor, para que no se quede atorado dentro de mí y tarde o temprano vaya a aparecer como enfermedad. Sin embargo, ese dolor tiene un tiempo, que no ha de prolongarse, -por el riesgo de caer en una depresión o de sentirse víctima de la vida -,  para que, después, se acepte la realidad y así aprovechar esa experiencia y darle una lectura que enriquezca, que sea útil a mi vida y que me ayude a seguir adelante.

Tener fe es aceptar lo que me pasa, no disgustarme con la vida, no luchar contra ella. 

Lo que me pasa es lo que me “tiene” que pasar, para que yo aprenda algo. En mi experiencia está la “lección”. En ella me puedo apoyar. Así, si he de morirme, es porque ya terminé mi ciclo, he finalizado todo el aprendizaje en esta vida.

Por lo anterior, te invito a preguntarte, ¿Realmente la muerte es una enemiga? O ¿Puede ser mi fiel acompañante que me puede orientar para vivir más plenamente, responsabilizarme de ella y vivirla como realmente la quiero vivir?

Y si hoy fuera un día decisivo en tu vida, ¿actuarías igual? Sigue profundizando en este camino interior.

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