
España calló a sus adversarios y desató la locura total en un estadio de Dallas que, mucho antes del pitido final, ya se había rendido a sus pies al son de los «olés». Minutos y minutos en los que el cuadro escondió la pelota con una maestría absoluta, mientras Francia, que hasta ayer era el favorito y el número uno de este Mundial, contemplaba asombrada cómo se iba alejando la posibilidad de clasificar a la final. Con una actuación que quedará en los manuales, la Roja de Luis de la Fuente entró de lleno en la segunda final mundialista de su historia.
El enfrentamiento de escuelas y la paciencia a pesar del vértigo
En el césped se enfrentaban dos escuelas, dos formas de entender y expresar el juego totalmente opuestas. En un lado, la electricidad y la rapidez del equipo francés, que lo apuesta todo a la velocidad de la capacidad individual de atletas formidables como Kylian Mbappé y Bradley Barcola.
Por el otro lado, la historia de la paciencia de los españoles, que prefieren un mecanismo de relojería perfectamente medido por Rodri, Álex Baena, Dani Olmo y un Fabián Ruiz brillante, con la habilidad natural de convertir en una simple actuación de entrenamiento las acciones más complejas.
Durante el desarrollo del juego, esos complicados compases iniciales eran perfectamente engañosos. Como si los dos equipos estuvieran demasiado distantes, era como si no llegara a pasar nada peligroso cerca de las áreas, pero luego todo cambió.
La vivacidad en el área y un golazo para bajar el telón
Cuando todo el estadio preveía que el cerrojo iba a abrirse a través de determinaciones de laboratorio muy ensayadas y preparadas, el primer grito en la tarde llegó de forma bastante menos prolija, pero igual de efectiva.
A los veintiún minutos de la etapa primera, Marc Cucurella mandó un servicio de tres cuartos llovido que buscó la cabeza de Mikel Oyarzabal. La trayectoria sobró al delantero y la pelota seguía su curso, perdiéndose en un vacío por el fondo, pero Lamine Yamal apareció corriendo desde un ángulo ciego para pelearla allí donde se había perdido.
El chico colocó la punta del botín justo una milésima de segundo antes de que Lucas Digne intentara sacarla, a costa de llevarse una patada. El árbitro no tuvo ningún reparo y sancionó el penal. Oyarzabal recogió el balón con total frialdad y dio un zurdazo sin que el arquero Mike Maignan tuviera la menor oportunidad de detenerlo.
Ese gol despertó a la selección de Francia. Mbappé trataba de acelerar por la banda, provocando algún que otro susto serio al que Unai Simón le tocó solventar. Pero la última línea de España, en la que un Aymeric Laporte sacó todo lo que le tiraban por arriba y por abajo, consiguió mantener la forma estable de la estructura sin fisuras.
La estocada final de España llegó en el minuto 57 mediante una fantasía sensacional de Dani Olmo. El virtuoso volante hizo una pared demoledora en la puerta del área grande y, aunque un defensor lo tiró por los suelos sin ningún tipo de escrúpulos, logró ver desde el suelo cómo el balón quedaba para Pedro Porro. El lateral disparó a la red, dejando el 2-0 en el marcador y a Francia en una situación de desventaja anímica y deportiva que hasta ese momento no había tenido en el campeonato.
La esperanza puesta en Atlanta
Ahora, todas las miradas de los aficionados y del propio cuerpo técnico español apuntan directamente hacia Atlanta. Mañana por la tarde tiene lugar un acontecimiento sin igual en el Mercedes-Benz Stadium, donde Inglaterra y Argentina se enfrentarán para definir el otro finalista de esta edición del Mundial.

